¿Quien soy yo?

La_Luz1Hace tiempo que este blog espera, pacientemente, que le eche una mirada o que escriba algunas palabras, y si regreso a este espacio lo hago para hacer una pregunta muy radical ¿Quien soy yo? Ya se que te ha hecho alguna vez esta pregunta, y creo que lo has hecho muchas veces, como todo el mundo. ¿Qué era yo antes de nacer? ¿Qué o quién soy yo durante la travesía en este mundo efímero? Porque nadie duda que nuestra vida es breve ante el espacio y el tiempo, y mientras estamos aqui tratando de sobrevivir a las pruebas que nos pone la existencia, olvidándonos con frecuencia nuestra propia debilidad y fragilidad creyéndonos algo importante o inprescindible. ¿Qué o quién soy yo, si me quitan la ropa que me oculta o me abriga, si me quitaran la piel, huesos y todo lo que forma mi cuerpo? La respuesta a estos interrogantes no la encontraremos en ningún libro, no nos la puede efrecer ningún sabio, por lo que debemos buscarlo en el libro en blanco, o sea, aquel que aún no ha sido escrito por nadie. En este breve artículo y, en adelante, voy a escribir acerca sobre lo trascendente que pueda haber en mi. Para ayudarnos en este espacio, traeré las palabras de Rumi

Tu tienes el reloj, yo tengo el tiempo…los Tuarregs, señores del desierto

tuaregsEntrevista realizada por VÍCTOR-M. AMELA a: MOUSSA AG ASSARID

Fuente: http://www.catalinafrancor.com/2009/11/19/entrevista-a-un-tuareg/

No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles…! Nací en un campamento nómada Tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores Tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.

– ¡Qué turbante tan hermoso…!

– Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.

– Es de un azul bellísimo…

– A los Tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados…

– ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?

– Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los Tuareg, es el color del mundo.

– ¿Por qué?

– Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.

– ¿Quiénes son los Tuareg?

– Tuareg significa “abandonados”, porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: “Señores del Desierto”, nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (Bereber), y nuestro alfabeto, el Tifinagh.

– ¿Cuántos son?

– Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece… “¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!”, denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.

¿A qué se dedican?

– Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio…

– ¿De verdad tan silencioso es el desierto?

– Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.

– ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?

– Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba… Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre… Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!

– ¿Sí? No parece muy estimulante…

– Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas… Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.

– Saber eso es valioso, sin duda…

– Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!

– Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?

– Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!

– ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?

– Vi correr a la gente por el aeropuerto.. . ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro…

– Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja…

– Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté… Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua… y sentí ganas de llorar.

– Qué abundancia, qué derroche, ¿no?

– ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso…

– ¿Tanto como eso?

– Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos… Yo tendría unos doce años, y mi madre murió… ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.

– ¿Qué pasó con su familia?

– Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa…. Entendí: mi madre estaba ayudándome…

– ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?

– De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di.. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo…

– Y lo logró.

– Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.

– ¡Un tuareg en la universidad. ..!

– Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella… Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra… Aquí, por la noche, miráis la tele.

– Sí… ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?

– Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa… En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!

– Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.

– Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde…

– Fascinante, desde luego…

– Es un momento mágico… Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor… La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor…

– Qué paz…

– Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo…

 

Ramadan

tarraweeh

Se me hace muy difícil explicar lo que es el Ramadán, porque es una prueba que afecta a nuestro naf, o ego. Y se hace difícil porque en la lucha contras las apetencias y deseos del naf, debe imponerse una fuerza muy poderosa que sólo puede residir el la espiritualidad. Es posible que para el nacido bajo una familia de origen musulmán, el Ramadan sea más una costumbre que un compromiso espeiritual, pero el sólo hecho de realizar el ayuno, durante casi un mes completo, significa el poder espiritual que imprime este sagrado mes. Y para los novatos (conversos) es una dura prueba porque nos coge sin cobijo familiar y sin referencias en la memoria. Sea de una manera u de otra, la cuestión es un mes en que predomina un ambiente especial que refuerza los lazos sociales entre los musulmanes, sin distinguir si es nativo o converso.

Por la mañana, cuando hago la primera comida del día, entre el silencio de la madrugada y la frescura que trae el rocío, siento cómo además de acumular energías para afrontar el largo día, debo reforzar la voluntad de no sucumbir ante las apetencias del cuerpo y los deseos del alma, que son múltiples, especialmente en un mundo donde el sentido del ocio y el consumo invade los hogares a través de la publicidad emitidas en la televisión, la radio, los periódicos, etc. Pero una vez has saboreado la fuerza que da el ayuno, nada de lo que puedan presentarte, por muy seductivo y tentador que sea, puede romper tu firmeza porque es una energía que obedece a leyes diferentes a la física o la biología y, especialmente, refuerza el carácter por salir triunfante de estas pruebas.

Aún hay algo más importante, para mí, en el ayuno, y es el resultado que se obtiene cada día, cuando llega la hora del iftar, que es la hora de romper el ayuno de de volver a deleitarte con los dones que nos ofrece la creación en forma de alimentos y bebidas, especialmente los dátiles y el agua. El momento inmediato a saborear el primer trago de agua y el primer dátil, tras muchas horas de ayuno, es un momento sagrado que me llena de plenitud. En ese momento, compartes con miles o millones de seres humanos la misma sensación o, al menos, el mismo momento sagrado.

Alhandulillah

En la raíz de la vida

raizdelavida

Siguiendo con el relato de mi vida, en mi horizonte se abría todo un mundo de posibilidades, pero ignoraba si mi vida sería larga o corta, pues sólo podemos ver el horizonte pero no el final del mundo. Como ya he dicho en mi anterior artículo, mis manos y mi mente se habían forjado para recibir las enseñanzas de la vida, además de la enseñanza de la sociedad y la familia, pues todo ello va a ser la raíz de la vida de cada uno de nosotros. La lengua, la cultura, las tradiciones, etc, es, a lo sumo, una cáscara con la que se reviste nuestra personalidad, pero en nuestro interior se va a desarrollar la semilla de nuestra espiritualidad y los sentimientos positivos.  Es cierto que necesitamos del conocimiento (racional) para la supervivencia, conocimientos que unos aprenden en la escuela o en la universidad, pero otros lo debemos aprender en los oficios y el trabajo, sin embargo todo ese conocimiento no es más que la cáscara o el soporte de la vida en este mundo. Para lograr nuestro verdadero bienestar es necesario algo más que comer, beber, vestirnos o calzarnos, y ese algo es aquella parte sensible y frágil que necesita ser cultivada con primor y delicadeza: me refiero a la espiritualidad.

Ya se que habrá algunos (o muchos) que confunden espiritualidad con creencias o religión, pero ese es su problema y su prejuicio. Para mi, la espiritualidad ha sido una fuerza o energía que, desde pequeño, hacía estremecer mi alma cuando veía algo bello, cuando recibía el abrazo de mi madre, cuando mi padre me cogía la mano para protegerme de algún peligro, cuando saciaba mi sed con el dulzor de una fruta, o cuando gozaba de los juegos con los amigos. Había dos espacios con los que gozaba aprendiendo, como toda forma de vida que se agitaba en la tierra, o bien las formas luminosas que poblaban el cielo y que encendían el cielo de luz como el sol, la luna o las estrellas.

Recuerdo con gran placer las noches que me iba con los animales de labor, principalmente mulos, para que pastaran en los rastrojos. Solían ser noches de mucha calor, pero durante la noche la suave brisa amortiguaba la sensación de bochorno y, a veces, hasta tenía que abrigarme. Pues bien, cuando me acostaba sobre el pasto del rastrojo, me dedicaba a observar el cielo e intentaba escudriñar las estrellas o imaginarme sus límites, un ejercicio inútil pues no había manera de imaginarse dicho límite y, luego, saber que tras ese límite debía existir algo más. Por tanto, me preguntaba que significaba el infinito, pues no soy capaz de imaginármelo. Había veces que me imaginaba la tierra bocabajo, y al imaginarme esa posibilidad me embargaba una especie de vértigo, porque si si cayera, ¿donde acabarían mis huesos?

Eran cuestiones que no se aprendía ni planteaban en el colegio, pues lo que se enseñaba era puro adoctrinamiento, disciplina y obediencia ciega. Los dogmas eran dogmas y, como tales, fuera de discusión, y de esa manera se imponían las creencias, las cuales no hacían tener sentimientos espirituales, porque las creencias son convenciones sociales. Las creencias no son más de convenciones sociales mientras que la espiritualidad es la dimensión interior de cada persona. La espiritualidad es como una semilla que ocupa un lugar de nuestro corazón (imaginario), y si hay ambiente propicio, la semilla germinará y se desarrollará, y será ella la encargada de dirimir las diferencias entre el impulso o instintivo animal (el naf o ego), que todos llevamos dentro, y el impulso del alma que trata de elevarse a los más sublime. En esa lucha entre el naf, o ego, tratando de satisfacer nuestros impulsos y deseos materiales o físicos, y el alma que desprecia las cosas de este mundo. Es una ardua batalla que sólo termina cuando nuestro cuerpo deja de existir, porque entonces deja de haber mundo, apetencias y deseos. Y en esa dura batalla necesitamos que nuestra semilla espiritual germine y crezca para domar el caballo salvaje del deseo,las ambiciones, el egoísmo, etc.