El sexo. Amor y poder

El sexo es un mecanismo con que nos ha dotado el Creador, o la naturaleza, para reproducirnos. Para atraer la atención del sexo opuesto, cada especie dispone de sus propios mecanismos de atracción y seducción. Mientras que en el mundo animal es el instinto la el mecanismo que impera sobre sus comportamientos, en los seres humanos esos impulsos obedecen, además del instinto, a otras leyes que le son exclusivas como por ejemplo el poder o el amor.

amor y poder

Todos hemos observados las relaciones de poder que existen entre los animales en las relaciones sexuales. En algunas de esas especies uno de los machos es el predominante sobre la manada y el territorio, reservándose para sí mismo el dominio sexual sobre las hembras. Y ese mismo comportamiento también se da entre algunos hombres que detentan cierto poder, sean estos cristianos, judíos, musulmanes, etc. La diferencia es que, para unos el poseer varias mujeres es parte de la legalidad (religiosa o profana), mientras para otros mantienen esas relaciones de manera furtiva y fuera de las leyes sociales y religiosas.

Pero hay otra manera de ver y entender las relaciones sexuales: el amor. No se trata del amor romántico, entre un hombre y una mujer, sino algo mucho más profundo y espiritual. Si pudiéramos poner alguno ejemplo sobre el sexo se me ocurre comparar entre un mendrugo de pan seco con una tarta.

El amor y el poder es la expresión de nuestra propia naturaleza, por un lado la parte animal y, por el otro, la espiritual. El poder es, generalmente, expresión egocéntrica y egoísta, materialista, arrogante, lujurioso, etc., mientras el amor es todo lo contrario: libre, generoso, desprendido, etc. El ego es más cercana a la tierra, a las cosas materiales. Si bien nos es necesaria las cosas materiales para nuestra supervivencia, si lo limitamos sólo a las apetencias o necesidades materiales, podemos ser peores que los animales. Para equilibrar esa tendencia de nuestra naturaleza, debemos usar un contrapeso tan valioso como el ego, y ese contrapeso es el amor.

Así que volviendo a la razón que motiva este artículo, hablaré del sexo desde esa dimensión espiritual y emocional. El sexo, como parte de nuestro instinto animal, se ejercita más allá del propio instinto, puesto que no nos limitamos a practicarlo en los ciclos naturales, como los animales, sino que lo hacemos en cualquier momento, sea para reproducirnos o para el placer.

De acuerdo a mi propia experiencia, el sexo es un indicativo de la visión que tenemos de la vida. Tener sexo es cosa de dos, y entre esas dos parte de una relación, ambas deben desearlo y consentirlo. No se puede tener buen sexo cuando una de las partes no está preparada o motivada pues, de los contrario, no podríamos saborear las delicias que nos ofrece. Ya he dicho que no entiendo el amor en su sentido romántico, pues como todo mito, puede ser el causante de creencias e imágenes idealizadas que, en numerosas ocasiones, dificulta el establecimiento de relaciones sanas y tolerantes.

Como el amor exige, en sexo significa entrega libre y sincera, buscando aquellos espacios y lugares más sensibles y placenteros de la otra persona. De esa forma se puede lograr que ambos se compenetren hasta perder el sentido de la individualidad fundiéndose en un fuego reparador.

Tiempos de reflexión

confusion de confusiones

Como el burro, que es animal de costumbre, sigo la senda por la que transita mi vida sin ver que el camino ya no es el mismo, igual que los ríos. Decía Heráclito que “ nadie se baña dos veces en el mismo río, pues al volver, ni el río ni yo somos los mismos“.

Estoy tan acostumbrado a mantener un ritmo en la vida que se ha convertido en algo atávico. Los últimos tiempos he estado trabajando para crear una biblioteca virtual, como un compromiso social con mi pueblo andaluz, sin darme cuenta que, ni las necesidades de la gente son las mías, ni los medios para diseñarlas son las usadas en estos días. Todo ello ha hecho que, en contra de toda lógica y sentido común, me haya empeñado en seguir con algo que se me escapaba de las manos. No sólo en los recursos y saberes tecnológicos, sino algo más importante: creer que todo el mundo siente la misma necesidad que yo. Especialmente cuando vivimos en un mundo donde la información es tan abundante y cercana que deja de ser atractiva y gratificante.

Cada día, durante muchos meses, tenía como compañero y amigo al ordenador, biblia del osoaprendiendo y ensayando cada técnica y código de diseño para una web dinámica, haciendo que perdiera de vista otras cosas más esenciales para mi. Especialmente con las cosas y personas más cercanas.

En todos los años de compromiso social, o al menos en lo yo entendía, he descubierto mucha información de los antepasados, especialmente en forma de libro mientras he vivido en Holanda. Concretamente, dos obras que ha llegado a ser universales, como son la Biblia del Oso, o Confusión de confusiones. El primero una de las primeras traducciones de la Biblia al castellano antiguo, realizada por Casiodoro de Reina, un andaluz de origen morisco, según algunas informaciones historiográficas; el segundo escrito por otro andaluz, José Penso de la Vega, un hombre de origen sefardí (o marrano como le gustaban llamarlo los católicos). Y otras muchas obras que siguen ocultas para todos los españoles.

Esta información la he tratado de transmitir a diferentes personas del mundo universitario pero, como ya digo, el presente se impone y cada cual tiene otras cosas más prioritaria en sus vidas. Por esa razón quiero comprobar que el camino que he de seguir, en lo que me quede de vida, me sea más cercano y entrañable. Y en mis tiempos de curiosidades o indagaciones, seguiré buscando cosas que me son desconocidas, como las citadas anteriormente.

 

 

El complejo del colonizado

Exactamente del mismo modo en que la burguesía propone una imagen del proletario, la existencia del colonizador reclama e impone una imagen del colonizado. Sin esas coartadas las conductas del colonizador y del burgués, sus propias existencias, parecerían escandalosas. Pero alentamos la mistificación precisamente porque les sienta demasiado.

Sea, en este retrato-acusación, el rasgo de la pereza. Parece recoger la unanimidad de los conquistadores, desde Liberia hasta Laos, pasando por el Maghreb. Es sencillo ver hasta qué punto esta caracterización es cómoda. Ocupa un lugar importante en el juego dialéctico “dignificación del colonizador-depreciación del colonizado”. Por lo demás, es fructuosa desde el punto de vista económico.

Nada podría legitimar mejor el privilegio del colonizador que su trabajo; nada podría justificar mejor la miseria del colonizado que su ociosidad; En consecuencia, el retrato mí- lico del colonizado comprenderá una pereza increíble. El del colonizador, una virtuosa devoción por la acción. Simultáneamente, el colonizador sugiere que el trabajo del colonizado es poco rentable, lo que autoriza a pagarle salarios inverosímiles.

Puede parecer que la colonización hubiera alcanzado a disponer de un personal consumado. Nada menos cierto. El obrero calificado, que existe entre los símil colonizadores reclama una paga tres o cuatro veces superior a la del colonizado; ahora bien: no produce tres o cuatro veces más, ni en cantidad ni en calidad. Es más económico emplear tres colonizados que un europeo. Es cierto que toda empresa requiere especialistas, pero se trata de un minimum, que el colonizador importa o recluta entre los suyos. Sin contar los miramientos y la protección legal justamente exigidos por el trabajador europeo. Al colonizado no se le piden sino sus brazos y no es sino eso: por lo demás, sus brazos se cotizan tan mal que es posible alquilar tres o cuatro pares por el precio de uno.

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